“Mientras tanto, resisto”
Bitácoras de una madre en medio de la tormenta.
Entrada I – Cartas a un desconocido
Guatemala, 10 de julio de 2025
Escribo esto sin saber muy bien en qué día voy. Solo sé que necesito soltar. Que si no lo escribo, reviento. Esta es una carta que no espera respuesta, un grito mudo desde mi corazón que sostiene, como puede, lo que se desmorona. Ya pasó un año.
Hay días en los que creo que voy a poder salir de todo esto. Otros, me siento cayendo en un hoyo sin fondo. Trato de mantenerme ocupada para no pensar tanto, para no sentir esta angustia que me respira en la nuca. Es como un perro enorme que me persigue, y yo, yo ya no tengo piernas para seguir corriendo.
Cada día trae su propio peso. Hoy fue con mi hijo. Está irritable, de mal modo. Y él no es así. No me dice qué siente, si le duele algo. No lo sé. Me colgó el teléfono. Lo llamé de vuelta, exploté. Me salió el grito como una maldición… y él tenía el altavoz encendido. Todos sus amigos escucharon la puteada.
Desde el lunes esperamos una llamada con su médico en Philly. Hoy, por fin, dijo que sería por la tarde.
—¿Hora nuestra o de allá? —pregunto.
—¿Hora de Dios u hora del diablo? —pienso
No sabía. Él tiene el número del doctor, yo no. Le digo: llamemos por FaceTime desde el iPad, así se puede mostrar la mano.
Pero llegó la hora y, por supuesto, no había cargado el iPad. Tuvimos que usar el celular. Él más pendiente de que su papá se conectara… y yo, como un mueble más, sosteniendo el puto teléfono. No se oía bien. Fue una mierda de llamada.
El médico fue amable, es nuestro ángel. Le explicó lo que ya yo le había dicho. Que debía usar un inmovilizador para que pueda mover los dedos.
Y al final le preguntó:
—¿Cómo está tu salud mental?
Está frustrado.
¿Cómo se prepara a un hijo para eso?
—Es comprensible —dijo el médico—. Yo también lo estaría.
Quedamos en hablar en un mes. Hay que empezar la medicina lo antes posible. Los otros huesos están adelgazados. La mano no tiene fuerza. El hueso transplantado intacto. Esperamos un mes por unas vacunas y luego en revisión del dentista notamos que hay que extraer las cordales.
Ahora solo nos falta el visto bueno del dentista. Tuvimos que extraer de urgencia las cordales porque empiezan con una medicina inmunosupresora combinada con una inyección de ácido zoledronico usado en casos de osteoporosis.
Ya no podemos esperar más. Ahora me corre un perro aún más grande.
Terminamos la llamada y entonces fui yo la que explotó. Porque ya se lo había dicho: que no llamara desde el celular, y que usara el inmovilizador. Todo lo que le digo… ignorado.
Estoy furiosa. Pero más allá de la furia, estoy rota. Porque lo entiendo, entiendo lo que puede estar pasando. Su frustración me desarma. Esta enfermedad es un monstruo de 3 cabezas y yo solo quiero implosionar.
Colapsar. Derrumbarme. Romperme.
Caer. Estallar hacia adentro.
Como si un volcán acabara de reventar en mí, sin lava, solo furia y lodo.
¿Cuándo se acaba esto?
¿Cuándo va a terminar esto?
Ya basta. No puedo más.
La atmósfera se ha vuelto espesa. La piel que me cubre ya no es piel, es una armadura que me aplasta.Un maestro me decía que esto era parte del proceso. Como una ósmosis del alma.
Un jefe solía decirme:
—Alejandra, no tema. El cielo nunca se va a unir con el suelo.
Pero que putas hago si estoy en el brasero?
Mi hija me vio llorar. Como una niña. No me contuve. Tal vez le sirva ver que las mamás también se rompen. Estoy más allá del enojo. Esto ya no es rabia: es tristeza infinita.
Como dice mi marido, mejor velarme en cuarto con aire acondicionado (Broma interna). Aquí estoy, en la cafetería del pádel, llorando sin lágrimas. Es ya mi deporte olímpico. Nada apaga esta furia que llevo adentro. Nada.
Lo más violento de todo… es que la vida sigue. Da vueltas. Como un carrusel de feria, con caballitos que suben y bajan. Murió el abuelo, el que era su mentor. Pareciera que se sacrificó por el niño.
Y yo… yo no tengo paciencia para nadie.
Manejo como si flotara. Busco dentro de mí algún resto de alegría… No queda.
Miro a otras madres con sus hijos y me pregunto:
¿Estarán pasando su propio infierno?
¿Será como el mío?
Tal vez el de alguien sea peor.
Pero eso no le quita dolor al mío. Como el yoga, mejor no compararse.
Estoy como Johny Cash, Hurt.
Espero que leas esto esperando otro vuelo.
Echate un zacapita por mi.
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