jueves, 15 de junio de 2017

Aquí y ahora...

Aquí y Ahora

Encuentro el valor de escribir. Empezó como terapia a sugerencia de mi sicóloga y luego de varios borradores, aquí esta.   

Tenía mis dudas, y como desde pequeña me he sentido como un alien, siempre las dudas de si no me recogieron o me cambiaron en el hospital.  Entrevisté a cada uno, hice preguntas, en algunos casos ya la memoria se va reduciendo poco a poco.  Tratarè de ir vomitando esto poco a poco. Fue terapéutico esto y me permitiò entender mi sistema familiar y que cada uno cumple su papel.   

Mis muertos
Esther, o Mama Tesh, como le decíamos de cariño a mi abuela materna, nació en Colís, (Mataquescuintla, Jalapa) un día de tantos porque  ya nadie se recuerda… Mi abuela vivió en este polvoriento pueblo productor de café toda su vida. Murió sin conocer cómo era el pueblo cambiado por la mina San Rafael.

Conoció a mi abuelo y con el tuvo 12 hijos, y crió como si fueran hijos suyos a 3 o 4 nietos. Enterró también a 4, a Albino el mayor, que enfermó de polio desde pequeño, a unos gemelos que nacieron muertos, y a Marilí que murió de cáncer a los 33 años y Aroldo de 50, cáncer también.  Nietos no enterró, pero la siguieron años después, el Chino el menor de Marilí que murió en un asalto a una camioneta frente a Unicentro.

La imagen que tengo de mi abuela es de una mujer fuerte y creo que para su tiempo hasta ha de haber sido bastante revolucionaria.  Nunca se dejó mandar, siempre iba y venia por esos caminos empolvados de terracería, 2 a 3 veces por semana a veces. Cuando hicieron la carrera dejó de venir. Así de llevar la contraria era. El pueblo no está muy lejos pero los viajes eran cansados y siempre nos traía comida, fruta, tamales.  A mí me hacía unas melcochas que nunca he vuelto a probar.

Mamá Tesh enterró a cuatro hijos. Ahora que soy mamá veo que eso la hizo más fuerte y eso nos lo trasladó a mi mamá y a mí.  Aunque a veces creo que yo soy la mamá y mi mamá la hija. Murió antes de que yo fuera mamá, así que no logró conocer a E. y M. Antes de saber que estaba embarazada y recuperándome de una pérdida, me visitó en sueños y me dijo que tenía que ser fuerte, que ella había tenido tantos hijos y nietos y que yo iba a ser igual de fuerte y que dejara de estar chillando.  Estuvo en el parto, en el hospital también, la vi las dos veces.  En el segundo parto me separé del cuerpo y pude ver a todos los que estaban en la sala de operación.   Hasta que el pediatra me pegó un grito para decirme que regresara… y aquí estoy.

Creo que cuando más la extraño es para las navidades, porque siempre hacía unos tamales tan ricos, pero nunca dio la receta. Creo que la receta la tenía en su mente y sentarla a que nos dictara la receta o a que nos enseñara como hacerlos habría sido difícil.  No era alguien que demostrara su afecto dando abrazos, pero si yo le decía que algo me gustaba, miraba cómo hacia para conseguirlo y cocinarlo.  Las “melcochas” que me hacía son un dulce bastante difícil de hacer porque hay que derretir azúcar hasta que se haga un líquido chicloso hirviendo y se coloca en una especie de batidor, donde se empieza a estirar una especie de hilo caliente de azúcar y se estira y se estira hasta que se vuelve blanco. 

Su papá era terrateniente en el pueblo y tenia varios medios hermanos de distintas mamás.  De sus “puros hermanos” recuerdo a Tía Chinta (en el pueblo todos son tíos o primos o sobrinos de alguien), que también era una mujer fuerte, tuvo igual cantidad de hijos y recuerdo que vivía con un hombre tan miserable que nunca salía de su pueblo a menos que mi abuela la trajera.   

Siempre vivió como quiso y también se murió hasta que quiso.  Padecía de diabetes que nos hizo favor de heredar. Siempre fue de buen diente y  creo que a pesar de eso nunca sufrió los padecimientos de alguien con esa enfermedad.  Tuvo varios “comas”, uno en el cual pensamos que si se nos iba. Empezaron los hijos a organizar todo lo que implica un entierro en un pueblo. A mi casa llegaron a dejar las cosas para hacer la comida del velorio.

En Mataquescuintla celebran los entierros como por una semana, hacen el acabo de año, y así un montón de fiestas y comida.  Pues empezaron a organizar todo para el entierro, cuando volvió en sí y pidió que le hicieran de comer un “chirmol de tomate”… tenía ya a toda la gente en el pueblo casi velándola cuando regresó.  Echo a todos a la mierda.

Así nos dio varios sustos, y como dije se fue hasta que quiso.  Tenía un corazón muy grande y creo que ayudó a mucha gente. Nunca se le dio mucho lo de vender, pero si lo que le gustaba era la “transacción”.  Asi que le prestaba dinero a gente y si no tenían con qué pagarle le llevaban gallinas o pollos. Creo que nunca le faltó nada y tampoco tuvo lujos, pero siempre hizo lo que quiso, eso también me hizo el favor de heredar.  El día que se murió el pueblo entero estaba en la casa.  Llegaban señoras al velorio que ni sabíamos quienes eran, y como 5 mujeres cocinando el comidal para los que llegaban a dar el pésame.  Mi mamá se encargó de las flores y se preocupó de que le tomara fotos a las flores.  Me pude despedir de ella, le dije que estuviera tranquila que se fuera tranquila. A saber si hizo caso.

Esto lo entendí para mi, tal vez nunca llegue a tener grandes lujos pero creo que tampoco me va a faltar nada, que nunca se me olvide eso.


Papá Ricardo

Mi abuelo Ricardo era una persona muy sencilla.  Siempre lo recuerdo con su sombrero en la cabeza y su piel morena,  imagino que de su trabajo en esos caminos polvorientos.  Cada vez que venía a Guatemala se ponía de una vez los dos pantalones que iba a usar, y su peine entre la bolsa. No le gustaba cargar cosas y mi abuela siempre lo mandaba con encargos y canastos de comida. El le decía que si se arruinaba la camioneta, dejaba tirada la comida.

Era el telegrafista del pueblo y el encargado de poner la planta de electricidad en el pueblo, la encendía a las 6 y la apagaba a las 10.  Cada vez que había una fiesta le pedían que apagara la planta más tarde para que no terminaran tan temprano las fiestas y ferias. Siempre que se iba a apagar la planta, lo acompañaba mi abuela, porque dos que le daba miedo regresarse por lo oscuro, para mí que era para controlar la milpa.

Papa Ricardo siempre nos mandaba telegramas para nuestro cumpleaños. Yo esperaba ese pequeño detalle que para mí era sentirme importante que se recordara de mí.   Lamento mucho no haber guardado ninguno, pero los guardo en mi corazón.   Siempre sentí que a mi hermana y a mi nos tenía mucho cariño, siempre se admiraba de nuestros logros, considerando que a sus otras nietas no se recordaba ni el nombre. Tuvo siempre particular preferencia por mi mamá, nunca entendí porqué.

Hubo una época en que tuvo 15 nietas y 5 varones. Cuando tomaba sus tragos, lloraba porque decía que no iba a estar para nuestros 15 años.  Que cierto era eso, sin saberlo. Se nos fue muy joven, murió de 67 años.  Me gustaría que supiera todo lo que hemos logrado y que conociera a E. y M., espero que los mire desde su nuevo hogar. 

El cáncer le envenenó el esófago. Escupí al cielo luego de salir del hospital Ixchel donde lo abrieron sólo para ver que su estómago era un pedazo de cartón. Se r
egresó a morir a su pueblo, por lo menos tuvo eso, la dignidad ya se le había ido vomitando los pedazos de cartón. Lo despedimos camino a Barberena.

A él si nunca lo volví a ver, ni vivo ni muerto.

Murió un 15 de agosto.  Llovía esa tarde.


Ahora me llueven todos los 15s de agosto.

A.

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